Después del esplendor del Paleolítico superior, con sus animales pintados, sus cuevas profundas, sus flautas, sus figurillas, sus agujas y sus enterramientos cargados de sentido, Entre los 10 mil y los 6 mil años a.C. la humanidad europea entra en un mundo distinto. No se trata de una decadencia ni de una edad pobre. Se trata de otra forma de plenitud.
El hielo retrocede. Los grandes paisajes abiertos de la Europa glacial empiezan a fragmentarse. Los bosques avanzan, los ríos cambian de curso, las costas se transforman, el nivel del mar asciende y la gran fauna fría pierde centralidad. El mamut, el rinoceronte lanudo, el gran bisonte de las estepas y las inmensas manadas del mundo glacial ya no organizan la vida como antes. En su lugar aparece una Europa más templada, más húmeda, más boscosa, más cercana a la escala del cuerpo humano: ciervos, corzos, jabalíes, aves, peces, mariscos, avellanas, frutos, raíces, riberas, estuarios, lagos, claros y costas.
Por eso prefiero hablar aquí de Epipaleolítico. La palabra conserva mejor la continuidad con el Paleolítico. No estamos todavía ante la ruptura neolítica de la aldea, el campo, el rebaño y la cerámica doméstica. Seguimos ante cazadores-recolectores-pescadores; seguimos ante una humanidad de la piedra, del fuego, del animal y del campamento. Pero el mundo ha cambiado y, con él, cambia también la forma de pensar.
El microlito y la inteligencia a escala humana
El objeto emblemático de esta etapa es el microlito (artefacto de piedra tallada extremadamente pequeño pero muy elaborado). La gran lámina paleolítica no desaparece de golpe, pero la piedra se hace pequeña, precisa, componible. Triángulos, trapecios, segmentos, puntas y laminillas se insertan en astiles de madera, mangos, arpones o flechas. La herramienta deja de ser una pieza aislada y se vuelve sistema. El microlito no vale por su tamaño, sino por su capacidad de formar parte de algo mayor.




Ahí está una de las claves de esta etapa: la inteligencia epipaleolítica es una inteligencia de lo pequeño. Arco y flecha para presas más rápidas; puntas reemplazables para armas compuestas; cestos ligeros para frutos; redes para peces; bolsas de piel para transportar; cortezas, fibras y madera para construir una domesticidad que casi nunca se conserva. La pobreza aparente del Epipaleolítico es una ilusión arqueológica. La tierra ha preservado la piedra, el hueso y la concha, pero ha borrado casi todo lo que realmente sostenía la vida diaria: cuero, tendón, cuerda, madera, corteza, fibras vegetales, esteras, recipientes blandos, redes, cestos y ropa.
Uso intensivo de materiales percederos para objetos domésticos
El Epipaleolítico fue una cultura de materiales perecederos. Por eso parece más pobre de lo que fue. No necesitaba levantar monumentos ni acumular vasijas pesadas. Sus soluciones debían ser ligeras, reparables, móviles y eficaces. Una cultura que vive entre ríos, bosques, costas y campamentos estacionales no necesita llenar el mundo de objetos duraderos; necesita saber fabricar, transportar, abandonar y volver a fabricar.
En Iberia, algunos yacimientos permiten ver esa riqueza invisible. Coves de Santa Maira, en Alicante, conserva restos de fibras vegetales trabajadas e impresiones de cestería que nos recuerdan que la vida cotidiana no estaba hecha solo de sílex. La Cueva de los Murciélagos de Albuñol, en Granada, conserva cestos, esparto, objetos orgánicos, sandalias y, en fases ya neolíticas, instrumentos de arquería de una complejidad técnica extraordinaria. Estos hallazgos obligan a corregir la imagen de los últimos cazadores-recolectores como pueblos materialmente simples. Su mundo no era pobre: era biodegradable.


La ausencia de cerámica en buena parte del Epipaleolítico occidental no significa ausencia de recipientes. Antes del barro cocido hubo odres de piel, bolsas de cuero, vejigas, cestos, redes, cortezas plegadas, cuencos de madera y quizá recipientes impermeabilizados con grasas, resinas o fibras. Antes de que la cerámica hiciera visible la casa neolítica, existió una domesticidad invisible hecha de fibra, cuero, madera, agua, fuego y memoria estacional.
El Epipaleolítico no inventa el campo, pero domestica el lugar.
El paisaje también cambia de sentido. Durante el Paleolítico superior, la humanidad había seguido a los grandes animales y había convertido la cueva en teatro interior del mundo. En el Epipaleolítico, la vida se reparte en una red más compleja de lugares: orillas de ríos, lagos, bosques, concheros, cuevas, abrigos, marismas, pasos de montaña y claros. El ser humano ya no depende de una sola gran especie ni de una sola gran estrategia. Aprende a combinar recursos. Caza, pesca, recolecta, marisquea, recolecta avellanas, persigue ciervos, captura aves, cuida perros, reconoce estaciones y vuelve a ciertos lugares cuando el paisaje vuelve a ofrecer alimento.

Aquí no hay agricultura todavía, pero sí una forma más fina de gestión ecológica. Los grupos epipaleolíticos europeos no domestican plenamente plantas ni animales, salvo el caso decisivo del perro, pero empiezan a cuidar relaciones. Conocen dónde crecen ciertos frutos, dónde se concentran los peces, qué claros atraen a los ciervos, qué riberas ofrecen materias primas, qué cuevas sirven de refugio y qué costa entrega moluscos cuando baja la marea. No producen todavía el paisaje como lo hará el agricultor neolítico, pero empiezan a leerlo como un sistema manipulable.

Esa domesticación del lugar aparece con especial fuerza en los asentamientos recurrentes. No podemos hablar todavía de aldeas agrícolas permanentes en sentido neolítico. Sin embargo, tampoco debemos imaginar simples bandas errantes sin memoria territorial. Hay campamentos estacionales, concheros, zonas de talla, hogares, refugios, lugares de pesca y espacios funerarios a los que se vuelve una y otra vez.
En las costas portuguesas, los concheros de Muge muestran poblaciones que explotan intensamente los recursos de estuarios y riberas. En el Mediterráneo ibérico, yacimientos como Cueva de la Cocina o El Collado permiten observar microlitos, estrategias de caza, enterramientos y paisajes de transición. En Asturias, Los Canes revela prácticas funerarias mesolíticas en una cueva reutilizada. En León, La Braña-Arintero nos devuelve incluso el rostro genético de una humanidad anterior a la llegada plena de los agricultores.


En Europa central y danubiana, el ejemplo más impresionante es Lepenski Vir, junto con otros sitios de las Puertas de Hierro como Vlasac, Padina y Schela Cladovei. Allí el Danubio no era simplemente un río. Era alimento, ruta, frontera, fuerza, memoria y quizá eje cosmológico. Las casas trapezoidales de Lepenski Vir, sus hogares, sus esculturas de piedra y sus enterramientos asociados al espacio doméstico muestran una sociedad de cazadores-recolectores-pescadores que alcanzó una complejidad sorprendente sin depender todavía de una economía agrícola plena. Si en Iberia vemos una domesticidad ligera, en el Danubio vemos casi una arquitectura ritual del río.

El cementerio como memoria del grupo
Los cementerios son otro signo decisivo. En el Paleolítico superior había enterramientos extraordinarios, pero en el Epipaleolítico y Mesolítico empiezan a aparecer lugares funerarios recurrentes con más claridad. El muerto comienza a fijar el paisaje antes de que lo haga el campo agrícola.
El Collado, Los Canes, Muge, Téviec y las Puertas de Hierro muestran que los cazadores-recolectores no solo se movían por el territorio: también lo cargaban de memoria. Enterrar a los muertos en un mismo lugar, adornarlos con conchas, dientes, astas, ocre u objetos personales, y volver a esos lugares, supone una territorialización simbólica. Antes de la tumba megalítica neolítica, ya existe el lugar de los muertos. Antes del dolmen, el cementerio. Antes del linaje campesino, la memoria del grupo y quizás una religión.

Animalidad y chamanismo
Las creencias de esta etapa solo pueden reconstruirse con cautela. No tenemos textos, nombres de dioses ni doctrinas. Pero sí aparecen indicios de una cosmología relacional. El mundo no parece estar dividido todavía entre una naturaleza muda y una humanidad separada. Animales, ríos, bosques, muertos, perros, peces, ciervos, lobos, estaciones y fuegos forman parte de una misma red de presencias. No podemos afirmar que existiera ya una religión de los elementos, pero sí podemos sugerir que el paisaje era vivido como un conjunto de fuerzas con agencia.
Star Carr, en Inglaterra, ayuda a pensar esto: los tocados hechos con cráneos y astas de ciervo rojo sugieren una frontera porosa entre humano y animal. Podían servir para la caza, para el disfraz, para el rito o para formas de transformación simbólica. Lo importante no es cerrar su significado, sino reconocer la pregunta que abren: ¿qué ocurre cuando un humano porta la cabeza del animal? La máscara no representa simplemente al ciervo; crea un estado intermedio. Quien la usa deja de ser del todo humano sin convertirse por completo en animal.

Esa zona intermedia entre humanidad y animalidad no desaparece de la imaginación europea. Mucho tiempo después, mitos como el del hombre lobo conservarán de manera tardía y transformada esa antigua inquietud: la frontera entre el hombre y la bestia nunca fue completamente estable. No podemos derivar directamente el mito medieval del cazador mesolítico, pero sí podemos ver una estructura simbólica persistente: el animal no fue solo presa, sino potencia.
En este sentido, el Epipaleolítico no abandona al animal pintado del Paleolítico superior. Lo desplaza. El animal deja de ocupar monumentalmente la pared de la cueva, pero no desaparece de la imaginación humana. Se vuelve tocado, diente, piel, colgante, tumba, perro, relato, máscara y memoria. Pasa del muro al cuerpo, del cuerpo a la tumba, de la tumba al mito.

Por fin una vida familiar y libre.
La vida cotidiana de estas comunidades debió de ser menos espectacular que la de las cuevas pintadas, pero quizá más íntima. Podemos imaginar amaneceres junto al río, perros moviéndose alrededor del fuego, niños aprendiendo a trenzar fibras, adultos reparando astiles, mujeres y hombres recolectando frutos, grupos pescando en aguas tranquilas, cuerpos adornados con conchas o dientes, ancianos recordando cuándo volver a cierto lugar, cazadores preparando flechas con microlitos, pieles secándose, cestas llenas de avellanas, hogares encendidos en campamentos que no eran permanentes pero tampoco olvidables.
No era una utopía. Había enfermedad, muerte, hambre, accidentes, violencia y conflictos. Algunos cementerios mesolíticos muestran incluso heridas y muertes violentas. Pero tampoco era todavía el mundo de la acumulación agrícola, del excedente almacenado, de la desigualdad hereditaria plenamente visible, del vasallaje, de la muralla o de la dominación territorial. Fue, quizá, una de las últimas formas de humanidad relativamente libre de la gran maquinaria de la riqueza acumulada.
Antes de producir excedente, la humanidad produjo suficiencia.
Esa suficiencia no debe confundirse con pobreza. Era una forma de vida hecha a la medida del grupo pequeño, del cuerpo móvil, de la estación, del fuego, del perro, del bosque, del río y de la costa. Una vida que no buscaba dominarlo todo, sino conocer con precisión cuándo y dónde cada cosa se ofrecía. Si el Paleolítico superior fue la edad de la gran imagen animal, el Epipaleolítico fue la edad del lugar habitado: menos monumental, más ligero; menos visible para la arqueología, pero profundamente humano.
El Neolítico llegará desde el Próximo Oriente con plantas domesticadas, animales domesticados, cerámica, aldeas, graneros, hachas pulidas y otra forma de relación con la tierra. Pero no llegará a un vacío. Llegará a un continente ya lleno de memorias, rutas, cementerios, perros, microlitos, cestos, redes, lugares de retorno y cosmologías locales. La agricultura no encontrará a una humanidad atrasada, sino a una humanidad que ya había aprendido a vivir con enorme delicadeza en el mundo postglacial.
El Epipaleolítico es, por tanto, el puente decisivo entre dos grandes formas de humanidad. Del cazador de grandes animales al gestor de paisajes. De la cueva pintada al campamento estacional. Del animal como cosmos al lugar como red de presencias. De la herramienta de piedra a la tecnología ligera. De la movilidad pura al retorno. De la muerte excepcional al cementerio. De la suficiencia a la posibilidad futura de acumulación.
Antes de que el ser humano domesticara la tierra, domesticó ciertos lugares. Antes de que inventara la aldea, aprendió a volver. Antes de que levantara dólmenes, empezó a fijar a sus muertos. Y antes de que la cerámica hiciera visible la casa, existió una casa casi borrada por el tiempo: una casa de piel, corteza, fibra, fuego, perro y memoria.

El nacimiento de la agricultura.
Mientras en Europa todavía se desarrollaban las últimas grandes culturas del Paleolítico superior, distintas comunidades del Próximo Oriente, donde el clima era mas benigno, ya habían empezado a recolectar cereales silvestres, ya estaban observado su maduración, habian segado sus tallos, triturado sus semillas y regresado a los lugares donde crecían.
Mientras los grupos magdalenienses pintaban y grababan animales, en lo que hoy es Israel y en otras regiones de Asia suroccidental, algunos grupos intensificaban la recolección de cereales silvestres, utilizaban hoces, morteros y piedras de molienda, almacenaban alimentos y permanecían durante periodos cada vez más prolongados en los mismos lugares.
La agricultura no nació el día en que un ser humano dejó caer una semilla sobre la tierra y comprendió que podía regresar meses después para recoger sus frutos. Tampoco fue una iluminación repentina provocada por el comienzo del Holoceno.
La domesticación comenzó mucho antes de que apareciera la planta doméstica. Comenzó cuando una planta dejó de ser solamente parte del paisaje y empezó a ocupar un lugar estable dentro de la memoria humana.
Fue el resultado de una relación mucho más antigua. La preparación fue larga.
En lugares como Ohalo II, cazadores y recolectores de 23.000 años de antigüedad ya procesaban cereales silvestres muchos milenios antes del comienzo del Holoceno. No eran agricultores, pero conocían una gran variedad de semillas, sabían recogerlas y podían molerlas para hacerlas comestibles.

El cultivo antes de la domesticación
Con el comienzo del Holoceno, hacia 9700 a. C., las condiciones más cálidas y relativamente estables favorecieron la expansión de algunas plantas y animales. Pero el clima no inventó la agricultura. Lo que hizo fue actuar sobre comunidades que ya poseían el conocimiento necesario.
Durante el epipaleolítico, algunas poblaciones comenzaron a sembrar cereales que todavía conservaban características silvestres. Cultivaban plantas que aún no estaban domesticadas. Esto parece paradójico, pero señala una diferencia fundamental.
Una planta cultivada es aquella que el ser humano siembra, protege o traslada.
Una planta domesticada es aquella cuya reproducción ya ha sido modificada por generaciones de selección humana.
Durante siglos, los primeros cultivadores sembraron trigos y cebadas que todavía podían dispersar sus semillas espontáneamente. Pero al cosechar, almacenar y volver a sembrar determinados ejemplares, empezaron a favorecer sin proponérselo ciertos rasgos: espigas que retenían las semillas; granos más grandes; germinación más previsible; maduración relativamente sincronizada;
Los agricultores no diseñaron conscientemente el trigo doméstico. Crearon el ambiente selectivo dentro del cual el trigo comenzó a domesticarse. La domesticación fue una coevolución:
- La comunidad seleccionó las plantas.
- Las plantas seleccionadas reorganizaron la comunidad.
Una muestra de este proceso se puede observar en el yacimiento de Uadi-en-Natuf (en Judea).
Los natufienses fueron una fascinante cultura del Próximo Oriente de 15.000 años de antigüedad. Son considerados los primeros cazadores-recolectores sedentarios de la historia. Lograron asentarse en aldeas permanentes, almacenar alimentos y construir herramientas avanzadas (como hoces de piedra) antes de descubrir la agricultura. Habitaron el Levante mediterráneo (Israel, Palestina, Jordania, Líbano y Siria) y marcaron el paso vital del Epipaleolítico al Neolítico.

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Las comunidades natufienses del Levante intensificaron esa relación hombre-planta. Construyeron viviendas parcialmente permanentes. Utilizaron hoces. Fabricaron grandes morteros. Almacenaron alimentos. Crearon cementerios. Regresaron una y otra vez a los mismos asentamientos.
Su economía seguía siendo cazadora-recolectora. Cazaban gacelas y otros animales, recogían frutos, semillas y plantas silvestres. Pero algunas comunidades ya habían comenzado a reducir su movilidad y a organizar su vida alrededor de lugares concretos.
La permanencia precedió al campo. El mortero precedió a la cosecha doméstica. El cementerio precedió a la propiedad agrícola.
Cuando una comunidad construye casas, almacena alimento y entierra a sus muertos en el mismo lugar, abandonar el territorio se vuelve más difícil. La relación con el paisaje deja de ser únicamente estacional. Empieza a convertirse en dependencia.


Los animales entran en la aldea
Con los animales ocurrió un proceso comparable, aunque no idéntico.
La domesticación no comenzó necesariamente capturando una pareja de animales silvestres y encerrándola detrás de una cerca. Comenzó modificando las relaciones entre los rebaños y los cazadores.
Las comunidades podían proteger determinados grupos, controlar su acceso al agua, separar a las crías, eliminar preferentemente ciertos machos jóvenes o conducir los animales hacia zonas favorables. La diferencia entre cazar y pastorear apareció gradualmente. El cazador intervenía en la muerte del animal.
El pastor empezó a intervenir en su reproducción.
Las cabras y ovejas fueron especialmente apropiadas para esta relación porque vivían en grupos, toleraban cierta proximidad humana y podían ser conducidas. Los cerdos y los bovinos siguieron trayectorias distintas y regionalmente variables.
Solo después esas domesticaciones regionales se reunieron en sistemas económicos más integrados. El paquete fue una síntesis posterior de múltiples experimentos locales.

La agricultura no apareció en mil años. Hubo quizá un periodo relativamente rápido de transformación biológica de determinados cereales, pero estuvo precedido por milenios de conocimiento, recolección, procesamiento y selección.
Fueron unos pocos siglos de aceleración genética apoyados sobre una larga preparación cultural.
Anatolia: puente y laboratorio
La expansión de la agricultura hacia Europa pasó principalmente por Anatolia y el ámbito egeo. Pero no debemos imaginar Anatolia como un corredor pasivo que se limitó a copiar una tecnología inventada más al este. Las sociedades anatolias participaron activamente en la transformación.
En Anatolia central, algunos grupos locales de cazadores-recolectores adoptaron progresivamente el cultivo y la ganadería. Al mismo tiempo, llegaron poblaciones, animales, semillas y conocimientos procedentes de regiones mesopotámicas, levantinas y de los montes Tauro.
Los pueblos neolíticos de Anatolia combinaron especies domesticadas en otras regiones con sus propias formas de construir casas, organizar aldeas, enterrar a los muertos y representar el mundo. El paquete agropecuario no viajó como un manual cerrado. Fue traducido culturalmente. Cuando las comunidades de Anatolia occidental y el Egeo comenzaron a desplazarse hacia Grecia y los Balcanes, ya transportaban una forma de vida integrada:
La agricultura llegó a Europa dentro de comunidades humanas. No viajó solamente como idea.


Europa no estaba esperando la agricultura
Mientras todo esto ocurría en Oriente Próximo y Anatolia, las poblaciones epipaleolíticas europeas no atravesaban una etapa de pobreza ni permanecían inmóviles a la espera del Neolítico.
Habían desarrollado formas de vida plenamente adaptadas al Holoceno. La retirada de los hielos transformó las grandes estepas del Pleistoceno en bosques, lagos, ríos, marismas y nuevas costas. Desaparecieron o retrocedieron algunas grandes presas, pero aumentó la diversidad de recursos disponibles.
En algunas regiones mantuvieron una elevada movilidad. En otras establecieron campamentos recurrentes, asentamientos semipermanentes y, excepcionalmente, poblados de larga duración.
Eran cazadores, pescadores y recolectores altamente especializados en un mundo nuevo.

Bibliografía comentada
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