Café Rock México

Ciencia, Rock y Sociedad

Israel, el último muro de Occidente

Tabla de contenidos

Introducción

La guerra en Gaza ha reabierto heridas antiguas y ha puesto al mundo frente a una disyuntiva moral y política. Mientras las imágenes del conflicto circulan con furia en redes y medios, muchos opinan desde una distancia cómoda, sin comprender lo que realmente está en juego. Este artículo no busca justificar la violencia, sino interpretar sus raíces profundas y sus consecuencias históricas. Israel, en esta guerra, no defiende únicamente su territorio: está defendiendo un legado milenario de libertad, ciencia, razón y resistencia frente a la barbarie. Su enemigo —una alianza de grupos islamistas radicales con apoyo iraní— no oculta sus intenciones: borrar a Israel del mapa y con ello abrir las puertas a un nuevo orden teocrático en Oriente Medio. La incomprensión de esta lucha, muchas veces teñida por un antisemitismo larvado, impide ver la verdad más incómoda: si Israel cae, no será solo un país el que desaparezca, sino también una muralla que durante siglos ha contenido el avance del fanatismo contra el mundo libre.


1. El conflicto de Gaza. Una guerra local que en realidad es el epicentro de un choque civilizatorio más amplio.

A lo largo del conflicto palestino-israelí, la retórica de Hamás ha adoptado un discurso profundamente hostil hacia los judíos que va más allá del plano político. Influenciado por corrientes salafistas yihadistas, este discurso ha transformado a los judíos en enemigos ontológicos del islam, basándose en una lectura literal y descontextualizada de ciertos versículos coránicos y hadices. Uno de los más citados por Hamás afirma que llegará un día en que “los musulmanes matarán a los judíos”, y hasta las piedras delatarán su escondite, según una tradición atribuida a Mahoma. Esta visión no proviene exclusivamente de las fuentes islámicas, sino que se ve reforzada por el antisemitismo europeo moderno, incluyendo teorías conspirativas como las que aparecen en Los Protocolos de los Sabios de Sion, un texto antisemita falsificado que Hamás ha promovido como verídico.

Umberto Eco que relata la fabricación del mito de Los Protocolos en su novela “El cementerio de Praga” (2010)hizo algo brillante: nos mostró que el odio no surge en el vacío, sino que se fabrica, se difunde y se convierte en ideología con la complicidad de la ignorancia, el miedo y el poder. Así, en la propaganda islamista radical, los judíos no son simplemente adversarios políticos, sino entidades malignas, casi demoníacas, lo cual alimenta y justifica la violencia extrema. Esta demonización religiosa del enemigo cumple una función clara: convertir el conflicto en una guerra santa, en la que exterminar al oponente se vuelve no solo legítimo, sino sagrado.

Umberto Eco nos muestra que el odio a los judíos no surge en el vacío, sino que se fabrica, se difunde y se convierte en ideología con la complicidad de la ignorancia, el miedo y el poder

Aunque Hamás se presenta como un movimiento de liberación nacional, su ideología va mucho más allá del simple reclamo territorial. En su núcleo doctrinal, lo que verdaderamente lo moviliza es el proyecto de destruir al Estado de Israel y reemplazarlo por un Estado islámico desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo. La Carta Fundacional de 1988 lo expresa sin ambigüedades: “Israel existirá hasta que el islam lo elimine”. Así, el deseo de exterminar a Israel —no solo de resistirlo o contenerlo— es un motor ideológico incluso más fuerte que la recuperación de Palestina. Para Hamás, liberar Palestina implica erradicar por completo al Estado judío, no coexistir con él. Esta visión maximalista convierte el conflicto en una guerra existencial, y no en una disputa negociable por fronteras o autonomía.

Esta postura intransigente ha sido uno de los mayores obstáculos para cualquier intento serio de paz en la región. A diferencia de la Autoridad Nacional Palestina —que en distintos momentos ha reconocido la existencia de Israel y ha participado en negociaciones como los Acuerdos de Oslo—, Hamás rechaza cualquier forma de coexistencia. Incluso cuando ha aceptado treguas tácticas, lo ha hecho sin renunciar a su objetivo último de eliminar al Estado israelí. Esta negativa categórica a reconocer a Israel no solo ha provocado bloqueos diplomáticos, sino que también ha generado aislamiento internacional y ha servido de justificación para las respuestas militares israelíes. En este marco, el conflicto deja de ser una lucha por la autodeterminación nacional y se convierte en una guerra ideológica sin espacio para compromisos duraderos.

Isaac Rabin, Bill Clinton y Yasser Arafat durante los Acuerdos de Oslo, 13 de septiembre de 1993. Wiki

El resultado de esta lógica de confrontación absoluta es una espiral interminable de violencia que castiga, sobre todo, a los civiles. La población de Gaza vive atrapada entre los bombardeos israelíes y el autoritarismo de un régimen que instrumentaliza el sufrimiento como herramienta de resistencia. Del otro lado, la sociedad israelí también sufre el trauma constante de la inseguridad y la amenaza del terrorismo. Mientras Hamás mantenga su objetivo de destruir a Israel y no haya un giro ideológico que permita una salida política, cualquier solución negociada parece inviable. En este contexto, la comunidad internacional se encuentra en una posición difícil: debe condenar los crímenes de guerra y proteger a los civiles, pero también enfrentarse al hecho de que uno de los actores centrales del conflicto no busca la paz, sino la desaparición del otro. Esta asimetría ideológica convierte la solución en un desafío mucho más complejo que una simple mediación territorial.

Gaza después de la respuesta israelí a los ataques del 7 de octubre de 2023 (Prensa Latina).

A pesar de su retórica maximalista, antes del 7 de octubre de 2023 Hamás mantenía canales de comunicación indirectos con Israel a través de intermediarios como Egipto, Qatar y Naciones Unidas. Estos vínculos no implicaban reconocimiento mutuo ni diálogo político formal, pero sí permitían ciertos entendimientos pragmáticos: intercambios de prisioneros, treguas temporales, coordinación limitada para contener a facciones salafistas más extremas dentro de Gaza e incluso acuerdos humanitarios para el ingreso de alimentos y medicinas. Sin embargo, el ataque del 7 de octubre marcó un punto de no retorno. La brutalidad de la ofensiva —con el asesinato masivo de civiles, torturas, violaciones y secuestros— rompió cualquier posibilidad de distinguir entre Hamás como actor político y como grupo terrorista. Para la sociedad israelí, ese día representó un trauma nacional comparable al 11 de septiembre, y consolidó una narrativa en la que Hamás ya no es un interlocutor, sino una amenaza existencial.

Ramala, 7 oct. Milicianos del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas) atravesaron por numerosos puntos y con relativa facilidad el muro fronterizo a lo largo de la Franja de Gaza, (Prensa Latina).

Vale la pena ver la serie de Netflix “FAUDA” que muestra cómo era la “convivencia” antes del 7 de octubre entre las Fuerzas de Defensa Israelíes y Hamás (y Hezbolá): Unos tratando de frustrar los atentados terroristas y otros tratando de matar al mayor número de judíos dentro y fuera del territorio Israelí.

Serie televisiva que muestra la lucha diaria entre las fuerzas de defensa israelí y Hamás

Desde el ataque del 7 de octubre, la estrategia israelí ha cambiado radicalmente: de contener a Hamás a erradicarlo por completo. Esta transformación ha tenido consecuencias devastadoras, especialmente para la población civil palestina. La ofensiva militar israelí sobre Gaza ha provocado una crisis humanitaria sin precedentes, con miles de muertos, desplazados, hospitales colapsados y una infraestructura civil destruida. La comunidad internacional, atrapada entre la condena al terrorismo y la preocupación por los derechos humanos, enfrenta uno de los dilemas éticos más difíciles de las últimas décadas. Al mismo tiempo, el conflicto ha reconfigurado las alianzas regionales y ha puesto en tensión procesos de normalización diplomática que avanzaban entre Israel y varios países árabes. En este nuevo escenario, el futuro de Gaza, la viabilidad de un Estado palestino y la seguridad de Israel están más entrelazados —y más frágiles— que nunca.

Victimas israelíes del ataque de Hamás del 7 de octubre (France 24).

2. El antisemitismo y la ingratitud de Occidente

Resulta desconcertante —casi escandaloso— que el antisemitismo persista con fuerza en muchas partes del mundo, particularmente en Europa, justo cuando Israel representa, en los hechos, una barrera tangible contra la expansión del islamismo radical. ¿Cómo se explica que una nación que contiene militarmente a Irán, Hamás y Hezbolá; que colabora con servicios de inteligencia occidentales; y que ha salvado innumerables vidas fuera de sus fronteras, sea objeto de un desprecio que recuerda a los viejos odios del continente?

Versión española de la obra antisemita “Los Protocolos de los Sabios de Sión”, 1930 (Yad Vashem).

La respuesta no es coyuntural. El antisemitismo europeo es anterior al Estado de Israel, a la causa palestina y a cualquier política contemporánea. Es una forma de hostilidad cultural profundamente enraizada que ha sobrevivido siglos adaptándose al lenguaje de cada época: religioso en la Edad Media, racial en el siglo XIX, ideológico en el siglo XX y ahora, en muchos casos, “antisionista” en el XXI. Europa ha cambiado de sistema político, de lengua y de fronteras, pero nunca ha terminado de resolver su relación con el pueblo judío.

Tras el Holocausto, la creación de Israel ofreció una forma de reparación histórica, pero no cerró esa herida. Con el tiempo, la imagen de Israel pasó de la del “refugio de un pueblo perseguido” a la de una potencia militar que, en ciertos discursos de izquierda, es vista como un opresor colonial. Este giro, aparentemente ideológico, ha servido para reciclar el antisemitismo bajo un nuevo disfraz. Se critica al “Estado judío” con una vehemencia selectiva, desproporcionada, que rara vez se aplica a otros regímenes mucho más represivos, incluso dentro del propio mundo árabe.

Pero mientras tanto, Israel actúa —con o sin aplausos— como la primera línea de defensa de Occidente frente a un eje teocrático armado y dispuesto a expandir su influencia. Lo que ocurre es que, en muchos círculos intelectuales europeos, esto se niega, se minimiza o, peor aún, se considera irrelevante. Como si la civilización pudiera permitirse despreciar a quien hoy combate, a diario, por evitar su colapso.

Un cartel que muestra al líder supremo de Irán, el ayatollah Alí Khamenei, en Teherán (La Nación).

Así, el antisemitismo contemporáneo no es solo una injusticia moral: es una forma de ingratitud geopolítica. Israel representa un pequeño bastión democrático rodeado de regímenes hostiles, pero también una nación que ha asumido el costo —humano, diplomático y militar— de frenar una ola que, de no ser contenida, arrasaría más allá del desierto. Y sin embargo, ese esfuerzo no solo no se reconoce; muchas veces se demoniza. Esa es la paradoja. Y también, tal vez, el error histórico que el futuro no nos perdonará.

3. De Herodes a Netanyahu: la frontera oriental de Occidente

La historia del Medio Oriente está marcada por imperios enfrentados, alianzas incómodas y zonas de frontera donde se define —según cada época— la línea entre la civilización y el caos. En tiempos de Herodes el Grande, Judea no era un reino soberano, sino un satélite político de Roma, el gran poder occidental del momento. Herodes, astuto y brutal, ascendió al trono no por herencia legítima, sino gracias al respaldo de Roma, que lo utilizó como pieza clave en la contención del Imperio parto (el antiguo Irán), la potencia oriental que desafiaba la hegemonía romana desde Mesopotamia.

Herodes el Grande (Wiki)

Los partos, desde la mirada romana, eran todo lo que Roma despreciaba: orientales, indisciplinados, enemigos del orden clásico. Para Herodes, asegurar la lealtad a Roma era tanto una estrategia de supervivencia como una forma de legitimar su poder en una tierra dividida entre tradición judía y dominación extranjera. Su lucha contra los partos y sus aliados locales puede verse como una guerra de contención entre dos visiones del mundo.

Dracma de Mitrídates II de Partia (Wiki)

Más de dos mil años después, en un contexto radicalmente distinto pero con ciertas resonancias simbólicas, el Israel moderno ocupa un lugar comparable. Aunque ahora es un Estado soberano y tecnológicamente avanzado, Israel también opera como la frontera oriental del mundo occidental, respaldado por Estados Unidos y Europa frente a la amenaza que representa Irán. Al igual que los partos para Roma, Irán encarna hoy, para muchas capitales occidentales, el reverso ideológico del orden liberal: un régimen teocrático, autoritario, que desafía abiertamente el statu quo regional y que moviliza fuerzas no estatales —como Hezbolá o Hamás— en su guerra indirecta contra Israel.

La manifestación del 8 de septiembre de 1978 en contra del Sha de Irán terminó en un baño de sangre y dio inicio a la revolución de los Ayatolas. (Wiki)

Así como Herodes combatía en nombre de Roma a los enemigos del imperio desde las márgenes del desierto, el Israel de hoy combate —en parte— como baluarte occidental frente a la expansión ideológica y militar de Teherán. Y del mismo modo que Roma veía en Herodes una garantía para su frontera oriental, Washington y Bruselas ven en Israel un escudo geopolítico que, además, comparte su narrativa de modernidad, democracia y razón frente a lo que consideran amenazas bárbaras o retrógradas.


 

La Resolución ES-10/21 de la ONU aprobada el 27 de octubre de 2023 (20 días después de la matanza de Hamás) pide a Israel que pare la guerra, condenando la violencia contra civiles y exigiendo el cumplimiento del derecho internacional humanitario . Los países en verde votaron a favor y los países en guinda votaron en contra. los amarillos se abstuvieron y los azules no asistieron. Evidentemente Israel continuó su ofensiva en contra de Hamás en territorio de Gaza. (Wiki).

 Por supuesto, las diferencias entre ambos contextos son enormes: Israel no es un reino vasallo, y Herodes no defendía una democracia. Pero la lógica del poder se repite: cuando el mundo se polariza, resurge el viejo esquema de una línea divisoria entre civilización y barbarie, proyectada sobre territorios calientes donde las fronteras no son solo geográficas, sino también simbólicas. Herodes gobernaba una Judea fracturada y violenta, en la que el enemigo era tanto interno como externo. Israel hoy enfrenta un dilema similar: no sólo lucha contra amenazas externas como Irán o Hamás, sino que debe enfrentar también sus propias divisiones internas —políticas, religiosas, identitarias— que amenazan su cohesión tanto como lo hicieron los zelotes en tiempos antiguos.

4. ¿Qué hubiera pasado si Israel hubiera caído ante los Partos hace 2 mil años ?

Pero, ¿y si los partos hubieran ganado? ¿Qué habría pasado si, en lugar de consolidar su poder con apoyo romano, Herodes hubiera sido derrotado y Judea hubiera caído bajo control parto? Aunque a menudo considerada una provincia menor, Judea ocupaba una posición geoestratégica clave entre Egipto y Siria, y su pérdida habría sido un golpe severo para Roma. Habría significado la ruptura del corredor comercial oriental, el aislamiento de Egipto por tierra (y de sus cereales)y una grave erosión del prestigio imperial. Los partos, más tolerantes con las religiones locales, probablemente habrían ofrecido a los judíos una autonomía distinta, lo que podría haber alterado radicalmente el curso de las revueltas posteriores contra Roma y, en consecuencia, el contexto en el que surgió el cristianismo. Tal vez Jesús no habría sido crucificado por una autoridad romana, o tal vez el anhelo mesiánico habría tomado otra forma. Una Judea persianizada habría desplazado el eje de influencia cultural hacia el este, debilitando el mundo helenístico y fortaleciendo el bloque persa en una etapa temprana. Así, lo que parecía un conflicto periférico en el desierto, podría haber cambiado el rostro espiritual y político del mundo occidental.Una mirada ucrónica que revela cuán frágil es el equilibrio que aún sostiene a Occidente.

Mapa del Imperio Persa en tiempos de Ciro el Grande (550 años a.C). Este territorio era el que anhelaban recuperar los Partos en tiempos de Herodes el Grande 40 años .a.C.

5. ¿Qué hubiera pasado si Irán hubiera ganado una guerra total contra Israel?

¿Y si Irán hubiera ganado? ¿Qué pasaría si, en una guerra total, el régimen iraní y sus aliados lograran derrotar completamente a Israel? El escenario puede parecer improbable, pero imaginarlo revela el delicado equilibrio geopolítico que sostiene hoy a la región. Una victoria iraní no implicaría simplemente el colapso de un Estado, sino el derrumbe del ancla occidental en Oriente Medio. Israel, más que una nación, representa un bastión estratégico, tecnológico y militar que articula la influencia de Estados Unidos y sus aliados en la región. Su caída significaría una derrota simbólica y práctica para Occidente, comparable con la pérdida de Bizancio para la cristiandad medieval. La credibilidad de Estados Unidos quedaría gravemente dañada, provocando una reconfiguración inmediata del tablero regional: Arabia Saudita buscaría su propio escudo atómico, los acuerdos de Abraham se evaporarían, y las potencias euroasiáticas —China y Rusia— llenarían el vacío con una narrativa alternativa al orden liberal.

Mehmet II conquistando Constantinopla, La caída de Israel ante los Ayatolás sería un golpe a la civilización tan fuerte como la caída de Constantinopla.

Una victoria total de Irán contra Israel no sería solo un cambio de régimen o una guerra más. Sería una ruptura del orden mundial surgido después de 1945, el colapso del sionismo como proyecto nacional, la consagración de un islamismo armado triunfante y una catástrofe moral para la humanidad. La historia, la religión, la política y la seguridad internacional habrían entrado en una nueva era: posliberal, posoccidental y profundamente desestabilizada.

6. La suerte de los drusos es la advertencia silenciosa de lo que le puede pasar a todo el mundo libre.

El antisemitismo ha sido uno de los odios más persistentes y letales de la historia occidental. Desde los pogromos medievales hasta el Holocausto y su resurgimiento en la era digital, los judíos han sido víctimas de una narrativa que los convierte en chivo expiatorio universal. Pero esto invita a una pregunta: ¿por qué otras minorías religiosas —como los drusos— no han generado ese mismo tipo de rechazo estructural?

A diferencia del pueblo judío, que ha sido parte activa de la vida económica, política e intelectual de Occidente —y por eso mismo blanco de envidias, teorías conspirativas y resentimientos religiosos— los drusos han sido casi invisibles en el imaginario occidental. De hecho, cuando enfrentan discriminación en Europa o América, suele ser por una islamofobia difusa que los confunde con musulmanes, no por su identidad drusa en sí.

No existe un “antidrusismo” porque el odio, para prosperar, necesita visibilidad, estereotipos y mitologías. Y los drusos, al mantenerse discretos, apolíticos y poco comprendidos, han escapado de ese foco. Es una triste paradoja: a veces, para ser odiado, basta con destacar.

Los drusos son una minoría religiosa milenaria que habita en Líbano, Siria e Israel. A diferencia de los judíos, no han tenido un Estado propio, ni una diáspora influyente, ni una narrativa internacional que los proteja. Su religión, profundamente esotérica y cerrada, los ha llevado a mantener un perfil bajo durante siglos. Pero hoy, atrapados entre el colapso sirio, el extremismo islámico y el abandono internacional, están en peligro de desaparecer como pueblo y como cultura.

Drusos de Israel esperando cruzar la frontera con Sira para combatir los hordas yihadistas sirias en Sweida. (Gazeta Express)

A pesar de su lealtad a los Estados donde viven —especialmente a Israel, donde muchos sirven en el ejército—, los drusos han sido marginados y perseguidos en muchas partes del mundo árabe. Y, sin embargo, en Occidente no existe una condena, ni campañas de solidaridad, ni visibilidad internacional sobre su destino. No hay un “antidrusismo” como existe el antisemitismo, no porque haya más respeto, sino porque simplemente son invisibles para el mundo.

Esta indiferencia hacia los drusos es una advertencia para todos. Si Israel —el único aliado estable y fuerte de los drusos— no logra resistir el avance yihadista, no sólo desaparecerán ellos. También podría desaparecer la frágil línea de defensa que hoy contiene al fundamentalismo islámico en Medio Oriente, con consecuencias imprevisibles para Europa y Occidente entero.

Israel es hoy para los drusos lo que Roma fue para muchos pueblos libres en la Antigüedad: una última muralla frente al caos.

7. La incomprensión mundial de la lucha de Israel, que además de luchar por su existencia también lucha por defender los valores occidentales

Israel resiste en soledad, pero lo que defiende no le pertenece solo a él: es también nuestra herencia compartida. Aquí aparece la paradoja más dolorosa: ¿por qué persiste el antisemitismo en el mismo Occidente que necesita a Israel como barrera contra el extremismo? La hostilidad hacia los judíos no es nueva, pero hoy se disfraza de “antisionismo” y se alimenta de una lectura simplista del conflicto palestino. Israel es criticado con una dureza que no se aplica a ninguna otra democracia. Esta es más que una injusticia: es una ingratitud peligrosa que erosiona la claridad moral de Occidente.

Conclusión

La historia nos ha enseñado que los imperios caen cuando se cansan de defenderse. Israel no tiene ese lujo. Rodeado de enemigos que no aceptan su existencia y en medio de una comunidad internacional cada vez más indiferente —cuando no hostil—, su lucha es tanto por la supervivencia como por el sentido de Occidente mismo. Así como en tiempos de Herodes se detuvo el avance parto, hoy Israel vuelve a ser un dique ante una nueva ola de totalitarismo religioso. La suerte de los drusos, un pueblo antiguo al borde del olvido, nos recuerda lo que ocurre cuando las civilizaciones no se defienden. Y en esa advertencia silenciosa está la lección final: si Israel pierde, todos perdemos. No porque compartamos su historia o religión, sino porque compartimos algo más frágil y valioso: una forma de vivir que no sobrevive si se rinde.

Pero más allá de lo político, el precio humano sería inconmensurable. La retórica de exterminio que emana desde sectores extremistas alineados con Irán sugiere que una derrota israelí podría dar paso a masacres, limpiezas étnicas y a un éxodo judío sin precedentes desde 1948. La desaparición del Estado judío, apenas ochenta años después del Holocausto, constituiría no solo una tragedia histórica, sino también una vergüenza moral global. Y aún más inquietante: Israel, en un acto desesperado, podría recurrir a su arsenal nuclear —no declarado pero presumido—, desatando una escalada que convertiría a Medio Oriente en el primer campo de batalla nuclear de la historia moderna. Así, una victoria iraní no marcaría el nacimiento de una nueva era islámica, sino más bien el inicio de un periodo de oscuridad global: posoccidental, desordenado, profundamente inestable y cargado de resentimiento religioso. FIN

¿Te ha gustado este artículo? ¡Compártelo!

Si este contenido te ha sido útil y crees que puede ayudar a otros, no dudes en compartirlo en tus redes sociales. ¡Tu apoyo nos permite seguir creando más contenido de calidad!
Gracias por leernos y por ser parte de nuestra comunidad de apasionados por el Rock. ¡Juntos, llevaremos nuestros sitios web a lo más alto de los resultados de búsqueda!

También te puede interesar